viernes, 25 de marzo de 2011

Hitorias de la Biblia, de Osamu Tezuka


Osamu Tezuka es considerado el precursor (por muchos literalmente “el Dios”) del manga y el anime. Desde 1946 ya estaba dando la tabarra con cómics pioneros con cualidades que jamás se habían visto hasta entonces, y más tarde fue uno de los escasísimos mangakas que pudo adaptar él mismo sus propias obras en dibujos animados.

Hasta donde yo sé, el tipo era agnóstico, no adoraba ninguna religión en concreto.
Sus cómics y animaciones, aún con dibujos que en Occidente se percibían como infantiloides, casi siempre narraban historias muy dramáticas, con un fuerte mensaje de amor por la vida, pero en cualquier caso, una de las historias puramente religiosas que creó fue un cómic muy largo (unos 10 tomos), sobre la vida de Budda.

No obstante, sus obras eran tan buenas que el mismísimo Vaticano le encargó que produjese una serie de dibujos animados sobre la Biblia… y esto es lo que nos ocupa ahora. Escribió y dirigió el primer episodio en 1989, e inmediatamente después murió, así que fueron los demás profesionales de su estudio de animación quienes se encargaron de completar los 25 episodios restantes.

Ahora mismo soy ateo, pero de pequeño no lo era, y esta es una de las series que me vi de pequeño una y otra y otra vez, hasta casi desgastar los VHS, y me encantaban. No descubrí que esto era de Osamu Tezuka hasta hace bien poco; yo de pequeño pensaba que esta serie sería francesa o algo, como las de “Érase una vez”.

Casi todos los capítulos tienen personajes diferentes (ya ves, si tienes que cubrir toda la cronología de la Biblia…), pero había un zorrillo, tipo mascota, que era un personaje recurrente muy divertido; mi hermano, mis primos y yo siempre bromeábamos sobre si el zorro era inmortal, o si se trataba de varias reencarnaciones del mismo animal.
Me acuerdo de cuando es desterrado del Edén junto con Adán y Eva por equivocación, o cuando casi se muere cuando la torre de Babel se está viniendo abajo…

Por supuesto que las historias se toman un montón de licencias artísticas, en algunos casos descacharrantes. Especial mención al episodio del Becerro de Oro, en el que los creyentes se ponen a cargarse a los blasfemos con espadas de luz. Épico.