martes, 20 de mayo de 2008
Mas allá del tándem dibujante-guionista
El caso es que más de una vez se me había pasado por la cabeza ir al foro de http://h-a-i.net/wee y poner el típico mensaje de "busco dibujante" (una vez, claro, que termine de una p*ñetera vez el atrasadísimo ECDLE). Otra opción sería ofrecerme yo mismo como dibujante, para mejorar en ese aspecto y así utilizar mejor mis habilidades para contar alguna de las historias que tengo pensadas (¿He dicho alguna vez que tengo bastantes guiones en la reserva? Bien.)
Bueno, pues después del dibujín mencionado en el primer párrafo, he pensado que podría hacer un proyecto junto con alguien, pero sin formar el típico tándem guionista-dibujante. Podría hacer yo el guión y los dibujos, y la otra persona encargarse de los retoques photoshopedianos y/o de la presentación de la página web (uno de los aspectos en los que menos destaco dentro de WEE)
Hale, hete ahí la reflexión...
miércoles, 30 de abril de 2008
Relatos
¡...Y Lucía estaba allí!
Un País Redondo
La invasión de las Psico-gatas (versión acortada)
La invasión de las Psico-gatas (versión orginal)
7 personas
Oh, my...! (relato improvisado en conjunto con Cho)
¡…Y Lucía estaba allí!
Bajaba las escaleras. Tenía la lámpara en la mano. ¡Qué frío! Frío que se colaba a través de los gruesos muros. Frío que me recordaba que debería haberme puesto algo más que la bata. Deberían haber instalado la calefacción de forma que también llegase al piso de abajo. ¡Pero no! Y yo seguía bajando hacia el salón. Me habían pedido que apagase las luces que adornaban los cuadros colgados en el salón. Cuadros que reflejaban los rostros de las distintas personas que habían dormido bajo este techo en el pasado. Inscripciones bajo los cuadros.
“Conde-duque Rodolfo II, 1745-
¡Qué frío hacía aquí abajo! Pero era soportable si se pensaba en el salario que pagaban por minucias como aquellas a una criada como yo. Total, mantener limpia y ordenada una mansión no es tan difícil si solo viven tres personas en ella. Cuatro, si pensamos en mí. ¡Ay, “Vagabundo Pérez Osúa, 1836-
Había ocho cuadros en ese lugar. Algunos me recordaban al señorito. Otros me recordaban a la señorita. Otros, al hijo. Uno de ellos, curiosamente, me recordaba al criado que tenían antes de llegar yo. Y otros, simplemente, no se parecían a nadie que yo conociese. Excepto el de la niña, todos eran personas adultas que vivieron entre los siglos XV y XIX. Ella parecía tener cuatro años. Efectivamente, la inscripción rezaba “Lucía “
Cogí de nuevo la lámpara y me dispuse a volver arriba. Hacia la calefacción instalada en mi habitación. Gozaba sólo de pensar en el cambio de temperatura. Pero me detuve en lo alto de las escaleras. Giré la cabeza y miré hacia la oscuridad del salón. Me dio por filosofar. En ese mismo lugar, cuando bajaba, los ojos de los ocho cuadros me habían devuelto la mirada. Esas ocho personas habían existido. Se habían paseado por aquella casa en el pasado. Hay culturas que creen que los muertos viven en las fotografías y los cuadros. Rodolfo II, Luís Balsaña, Pérez Osúa, Lucía… ¡Qué solos debían de sentirse ahí delante, sumidos en la oscuridad!
Mi habitación estaba situada unos pisos más arriba. El pasillo por el que debía pasar hasta llegar a las escaleras siguientes era muy estrecho. Pero no por ello mi luz se distribuía mejor. Mas bien lo contrario. Si una persona estuviese caminando hacia mí no la hubiese visto hasta toparme de bruces con ella. Aunque tal vez se vería levemente su silueta. Una silueta bajita, tal vez un niño. Miré mejor… ¡Y Lucía estaba allí!
Grité mientras la lámpara se me resbalaba de las manos y quedaba envuelta en la oscuridad. El pánico se apoderó de mí durante el segundo en que oí voces y pasos acelerados y la luz del pasillo se encendió. Miré hacia el interruptor que encendía las luces del pasillo. La mano aún seguía apoyada sobre el interruptor. Y en la otra mano, el señor sostenía un candelabro. A su lado estaba la señora. Ambos me miraban incrédulos.
Imagínense la escena. Mi lámpara hecha trizas en el suelo y yo mordiéndome las uñas. Y sola, en mitad del pasillo. Lo preguntaron:
-¿Qué ha pasado aquí?
Y yo, comprendiéndome una estúpida, intenté calmarme y les conté que los nervios de ir a oscuras por la casa me habían jugado una mala pasada, que me había parecido ver al fantasma de Lucía “la niña”, el cuadro que tenían colgado en el salón. Cómo no, se echaron a reír. Era buena gente al fin y al cabo; otras personas me habrían rebajado el sueldo por ser una inútil asustadiza.
-Pero, ¿de qué cuadro hablas? No tenemos ningún cuadro que…
¿No? ¡Pero si yo lo había visto! ¡Acababa de apagar su luz! ¡Sí, era el cuadro que estaba al lado del general Luís Balsaña!
-Que no, que no, que al lado del cuadro del general Luís Balsaña sólo tenemos un marco vacío.
Bueno, parece ser que no sólo me había imaginado a Lucía en mitad del pasillo, sino que también me había imaginado su cuadro. Entonces llegó el niño de la familia, como si se acabara de despertar.
-Papi, mami, que dice Sofía que no se puede dormir.
¿Sofía? ¿Y ahora quién diantres era Sofía? Miré hacia la personita que estaba al lado del niño… ¡Y Lucía volvía a estar allí!
Y grité para que me oyesen. Y me tiraba de los pelos. Y no me entendían. ¿Qué había que entender? ¡Que Sofía era Lucía y Lucía se hacía pasar por Sofía! ¡Que no había tal Sofía y que sí había un lienzo en el salón cuyo título era Lucía! ¡Que, o yo estaba loca, o ellos estaban locos, o la casa estaba loca! Y ellos insistieron: Sofía era una sobrina que había venido a dormir esa noche a la mansión.
Al final acabaron convenciéndome. Y yo también terminé convenciéndome. La casa no estaba loca. Esta familia no estaba loca. Aquí la única loca era yo. Lo que había cenado esa noche me debía haber sentado mal.
Se empezaron a ir los cuatro, comentando por lo bajo mi locura. Sofía me miraba extrañada mientras se iba. Yo traté de parecer calmada pero por dentro seguía afirmándome y desmintiéndome progresivamente lo que de verdad había ocurrido. Y mientras se iban escuché el comentario del niño sobre un póster que había colgado en un marco del salón.
FJ García, 2005
Un País Redondo
por FJ García
Érase una vez una isla tan redonda que parecía marcada por un compás. No gozaba de cabos ni golfos. Su conquistador, maravillado por el descubrimiento, fundó allí un país. Por supuesto, le puso nombre, pero tan complejo era que, cuando el conquistador murió, decidieron apodarlo “Ísla de Redonda”, debido a su forma.
Don Círculez era el actual presidente de “Ísla de Redonda”. Estaba muy orgulloso de haber ganado a su oponente -Cuadradez- en las elecciones. Nadie había votado a Cuadradez porque su nombre no concordaba con el de la isla, tan orgullosos eran los habitantes.
Un mal día sucedió que hubo un pequeño terremoto en un lugar de la isla. Nadie resultó herido pero el terremoto habia formado un pequeño cabo, de no más de dos metros de largo. Obviamente, esto no tenía la menor importancia, pero tanto Círculez como el resto de la población lo tomaron como una horrible catástrofe: ¡Ya no eran “Ísla de Redonda”! Círculez tuvo una idea y así la expuso a su gente:
-¡Construiremos una máquina tan grande y tan potente que logrará arrancar ese cabo!
Todo el mundo votó a favor (excepto Cuadradez) y comenzarón a diseñar los planos. Durante la contrucción de la máquina, los habitantes del país trataron de convencer a los turistas de que no fueran a esa parte de la isla con frases como:
-En este otro sitio está estre otro monumento...
-¿Por casualidad no habrás visitado la ciudad de...?
-¡Ni se te ocurra poner un pie allí! Cuenta la leyenda...
-Ahí no vayas y punto.
Para cuando acabaron de construir la máquina ya habían cambiado dos veces de presidente. El presidente al que le tocó probar la máquina y arrancar el cabo se llamaba Martresce. Al presidente Martresce le salía todo mal (de hecho, había formado una asociación secreta durante las elecciones cuyo objeto era que ganase su oponente) y cuando intentaron arrancar el cabo bajo sus órdenes, formaron un amplio golfo. Mordiéndose las uñas, ordenó que tapasen el susodicho golfo con piedras. Dibujó los planos correspondientes e intentó dimitir. Esto último fue lo único que le salió bien en la vida.
El siguiente presidente se llamaba Akiman Dolló. Como Akiman no confiaba en Martresce, revisó una vez más los planos que decían cómo tapar el golfo con piedras. Confirmando sus sospechas, el presidente Dolló descubrió que los planos eran erróneos y corrió a avisar a los encargados. Pero ya era tarde: En el lugar de los hechos hubo un derrumbamiento que se llevó gran parte de la costa y un plueblo entero. Ahora el golfo era de más de dos kilómetros de ancho y a su lado se habían formado otros dos cabos.
Como al presidente Akiman Dolló le dio un ataque al corazón al enterarse de la noticia, tuvieron que repetir elecciones. El ganador esta vez se llamaba Zoico Ruptoó y fue él quien dirigió el rescate de la gente que se había quedado atrapada en los escombros al llevarse las piedras el pueblo (aunque sólo usó la mitad del dinero que necesitaba para ello...).
Al enterarse Zoico Ruptoó de que entre los supervientes había un turista extranjero, le sucedió lo mismo que al anterior presidente. ¡Cuando el turista contase lo del golfo y los cabos, la noticia correría muy rápido por todo el mundo y dejarían de ser “Ísla de Redonda”! Hubo histeria general despues de tantas catástrofes. Nadie se presentó a las elecciones siguientes, por lo que no hubo a quien votar, y todos pensaban que era el fin del mundo.
Pero es aquí donde regresa un personaje que ya teníamos por olvidado en esta historia: El presidente Cuadradez, que había perdido las elecciones contra Círculez hacía varios años. Cuadradez tomó la palabra en el congreso y así habló a los habitantes del país:
-¡Pobladores de “Ísla de Redonda”! ¡Escuchad con atención mis palabras! ¡Al intentar extirpar el cabo sólo hemos conseguido catástrofes! ¿Y por qué hemos intentado quitarlo? ¡Porque si se queda ahí perderemos un estúpido nombre que ni siquiera es el que en un principio nos adjudicó el descubridor de la isla! ¡Ciudadanos, ya va siendo hora de tragarnos el orgullo! Si a alguien le llaman “El bajo”, ¿Por qué ha de apenarse si crece? Si a alguien le llaman “El flaco”, ¿qué tiene de malo que engorde? Entonces, si nuestro mote es “Ísla de Redonda”... ¡¡¡¿A qué vino esa histeria general producida por un maldito cabo de medio metro?!!!
En la sala se hizo el silencio durante la pausa de nuestro protagonista.
-No tengo más que decir.
Y se sentó, y dejó que la historia siguiese su curso.
FJ García, 2004
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